Andy Tran

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El médico forense
Publicado May 20, 2024

La mente del asesino siempre se refugia en justificaciones. La culpa no existe en él. La sangre y el placer son sus motivos, pero, ¿qué pasa cuando el asesino en realidad no lo es?

Las torres de vigilancia de la prisión del pueblo norte emitían destellos rojos en cada una de sus puntas, los guardias caminaban de un lado a otro con el arma preparada para cualquier incidencia, un helicóptero sobrevolaba todo el complejo de seguridad y las patrullas salían y entraban como un modo de vida cotidiano. Las celdas parecían jaulas de algún zoológico, se enfilaban una tras otra a lo largo de corredores de concreto largos y oscuros y parecían ser más calurosos que el infierno. El lugar olía peor que una granja con animales enfermos y detrás de las rejas, nacían gritos de los internos, unos de debilidad, otros de desesperación y la mayoría de protesta por ir a la cama sin un poco de ventilación.

León estaba recostado en el camastro de su celda, cumpliendo el primer día de una condena de casi sesenta años. Estaba boca arriba, sin playera, con sangre seca en el rostro, con la espalda llena de heridas frescas, los ojos morados, uno de ellos tan hinchado que parecía estar a punto de explotar. Se sentía débil, casi no podía respirar pues le punzaban las costillas y en cada respiración sentía más de mil cuchillos en los pulmones. Su mente seguía anclada en la horrible escena de la madrugada anterior; aún podía sentir el miedo, la confusión y el horror de haber perdido a su familia sin ser escuchado ante una realidad tan falsa para él mismo que no intentó gritarlo al mundo.–“amo a mi familia”, se dijo a sí mismo y la boca le supo a sangre. También se lo dijo a sus compañeros quienes lo golpearon sin piedad la noche anterior en la celda, se lo dijo al alguacil, a su familia e incluso a Dios, pero de una u otra nadie lo escuchó.

–“amo a mi familia”. –Se dijo de nuevo mientras las voces de los reos se iban haciendo difusas y apagadas, pues era la hora de ir a dormir y el día en la prisión terminaba a las siete de la tarde, pero León estaba lejano de dormir, pues seguía repitiendo la frase una y otra vez – “amo a mi familia”. –Cerró los ojos y su mente voló a la noche anterior de la desgracia y al inicio de este relato.

Imagen Ilustrativa

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